Trump es la apoteosis de la calabaza. Es sencillamente una calamidad de gobernante, que sin embargo impide que los grandes temas de la humanidad avancen hacia un tratamiento adecuado.
El emperador Claudio, inmortalizado por Robert Graves, tiene buena fama entre el público moderno. Comparado con Tiberio, el maestro del marqués de Sade, o con Nerón o Calígula, monstruos bípedos, el emperador tartamudo era un dechado de virtud. Sin embargo, los contemporáneos no lo vieron así. Sin otro mérito que haber sobrevivido en medio de una caterva de psicóticos y de haber fingido ser todavía más estúpido de lo que era, Claudio quiso ser divinizado como Julio César. Cierto que no era merecedor, como lo fue Calígula y lo sería Nerón, de la damnatio memoriae, pero su pretensión de ser deificado fue considerada un exceso por los contemporáneos.
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