Caemos en la desidia y la indiferencia al constatar que los cambios continuos en la sociedad, la cultura y la economía se aferran a una estructura que los sujeta para, reiterar, su propio sostén.
Esa estructura jerarquiza socialmente a los individuos según su poder adquisitivo y fluye en una espiral rígida cuyo propósito es producir beneficios económicos para los que participan con capital en ese proceso de producción. El mecanismo es evidente: quienes más capital invierten más acumulan, quienes solo intervienen como asalariados siempre se mantienen en el mismo lugar de la jerarquía social, o a lo peor, pueden descender.
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