Una iglesia sin poder solo puede tener una tarea: cuestionar, denunciar, limitar los poderes excesivos que se alzan entre nosotros, y que siguen promoviendo todavía la inhumanidad de los empresarios y la desenfrenada codicia de los competidores. La encíclica de Prevost sigue esa misma línea.
Desde hace tiempo, la Iglesia católica lucha por corregir el error al que la arrastró la aristocracia italiana en el siglo XVI, cuando la hizo incapaz de ejercer el ius reformandi que la época requería. Desde León XIII hasta León XIV, pasando por el Concilio Vaticano II, ha mostrado una firme voluntad de analizar las cosas nuevas, acompañando la historia en sus cambios y significados. En 1891 se publicó De rerum novarum, obra de un papa franciscano, que denunció cómo “el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. No es un azar que esta aspiración haya sido retomada por un agustino, ya que Agustín de Hipona dotó al cristianismo de conciencia histórica. Tampoco lo es que la Iglesia mostrara esa voluntad cuando el viejo sujeto aristocrático diera paso al proletario.
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